Peñarol mantiene una gran superioridad sobre la gallina. En total son 179 triunfos clásicos del aurinegro, que lo colocan como el mas grande entre los grandes.
El primero en casa
El primero fue el 15 de julio de 1900, en el Parque Central, pero en la cancha del Internacional, no en la de los alemanes del Deutchster FK, que fue inauguraa por Peñarol en mayo de ese año y era un lujo. Había que hacerle el gusto a aquella muchachada que quería alternar con los consagrados y Peñarol fue, les jugó, y les ganó. El primer clásico de la historia, culminó con victoria aurinegra por 2 a 0 con goles de Aniceto Camacho.
Siete goles......bolso lleno !!
El mayor tanteador histórico de toda la historia se produjo el primero de noviembre de 1911, en el Parque Central, y ganaron los aurinegros por 7 a 3. Aquel equipo formó con Solans, Ronzini, Pintos, Camacho, Harley, Manito, Betucci, Quaglia, Piendibene, Canavessi y Angel Romano. Dos goles de Canavessi, dos de Quaglia, dos del maestro Piendibene y el restante del loco Romano, para pasar a la historia. El mayor tanteador clásico, también favorece a los aurinegros. Y siete goles solamente se convirtieron una vez
El Centenario también fue aurinegro
Peñarol ganó en el debut de los clásicos en el Estadio Centenario. Jugado el 28 de Setiembre de 1930. Era la fecha aniversario del Club y era el año del centenario de la jura de la Constitución. La historia una vez más aguardaba para marcar en sus hitos y estadísticas, el primer resultado. Y fue Peñarol 1 Nacional 0. El partido correspondió a la Copa Uruguaya de 1929 y Peñarol formó con Capuccini, Jaurreche, Silva, Riolfo, Lorenzo Fernandez, Arremon, Paola, Anselmo, Scco y Gringa. El gol lo anotó Antonio Sacco ( padre) con un tiro alto que dejó sin asunto a Mazali.Concurrieron al partido 40.000 personas.
El Histórico clásico de la fuga Es una fecha de gran trascendencia, 9 de Octubre, y se refiere a 1949.Es tarde de un partido clásico por la copa uruguaya, primera rueda, Nacional se negó a salir a disputar el segundo tiempo, cuando era derrotado por 2-0 a manos de Peñarol, y debia proseguir la lucha en los segundos 45 minutos con dos hombres de menos. El temor a la goleada histórica, de aquel 9 de octubre, dio caracter de inolvidable a la fecha para el hincha aurinegro.Se constituyó el dia de la fuga. La historia cuenta que salieron los jueces, salió, Peñarol, pero a los quetedije todaví los estan esperando. La tarde increiblemente cambió de clima, la lluvia cesó, y cuando Peñarol quedo solo en la cancha, salió el sol. Yo me imagino que en el vestuario bolso todavía llovía...... o serian las lágrimas que derramaban los jugadores ???
El Clásico 100
Fue en abril de 1975, al cumplirse el centenar exacto de partidos clásicos por la Copa Uruguaya.Faltaban tres minutos y el partido empatado 1 a 1 por goles de Daniel Quevedo, a los 60 minutos y Dario Pereyra de penal, alos 79. Pintaba para empate, porque Peñarol estaba con 10( contra 11),por la expulsión de Nitver Lady Pizzani ( aquel que arrancó un baderin de corner de un patadón cuando fue a hacer efectivo el tiro de esquina). Pero estando mOrena en la cancha, todo era posible.....Sacó un lateral el bombón Mario Gonzalez y la pelota superó, al zaguero Gerolami y le quedó al NANDO, pero muy alta sobre su cuerpo y con la maarca encimada de Villazán......... El goleador se puso de espaldas al arco y como ultimo recurso sacó una espectacular chilena que se metió cerca del palo derecho de Bertinat, que no lo podía creer !!! Fue una obra maestra del NANDO, un broche de oro para el clá numero 100, que como no podía ser de otra manera terminó con triunfo de Peñarol
El Grande entre los grandes
El 18 de Julio de 1985 se comenzó a disputar el torneo "Copa de Oro de los Grandes" y terminó con paliza. Mano a mano, Peñarol y Naciomal.......y categórica imposición de los aurinegros, que ganaron los cuatro primeros, cayeron por penales en el quinto, para volver a ganar el sexto y coronarse como el mejor, sin tener que llegar a completar los ocho estipulados. Peñarol 5 Naciomal 1......PALIZA !!!!!!Lo malo del caso es que como los bolsos no quisieron seguir jugando hasta culminar los ocho clásicos como se había pactado, los que compramos el abono cuya foto adjunto, nos clavamos y nadie nunca nos devolvió la guita que habiamos pagado..!!! Y bueno.....es preferible terminar como en mi caso con algunos pesos menos, y no como ellos arrastrando la verguenza de no haberse presentado, toda la vida. Esta podría denominarse " La fuga del Campeonato" !!!!
Los ocho contra once... Fue un triangular amistoso del que participó el Betis, de Sevilla, el 23 de abril de 1987. Peñarol gano 2-1. Pero aquellos 90' quedaron en nuestra historia debido a que esa victoria fue jugando los últimos 15' con sólo 8 futbolistas, ante los once del adversario.
El árbitro expulsa a Ricardo Viera, Herrera y Perdomo y Peñarol queda con ocho jugadores. Todo pintaba para una victoria tricolor, pero sin que nadie lo intuyera, se estaba escribiendo otra página imborrable de la historia.
Restaba un cuarto de hora de nervios y tensión. La pelota parecía quemar a los jugadores albos, que entraron en un "fulbito" tibio e intrascendente. Los ocho aurinegros apretaban los dientes y procuraban aguantar el balón para dejar pasar los minutos, pero, aunque parezca una osadía, no dejaron de pensar en el arco de Velichco.
Y cuando nadie lo espera o imagina, por lo insólito e irracional, llegó el milagro. Arrancó sorpresivamente desde el fondo Dominguez, pasando el balón a Diego Aguirre, quien dejó que se acercaran los marcadores rivales y esperó el inteligente pique del maragato Jorge Cabrera, que enfrentó a Velichco, rematando a su derecha para consagrar el festejado gol.
Restaban ocho minutos, donde los ocho que lograron la proeza se afirmaron cada vez más en el terreno, para escribir una nueva página de gloria del historial de la entidad carbonera. La Semifinal del 97
Peñarol ganó de atrás. Perdía 2 a 0 y cuando todo parecía de Nacional, el conjunto aurinegro terminó venciendo 3 a 2 y alcanzó las finales del Uruguayo.
Pitó Bello por última vez y tras el primer éxtasis de gozo y alivio que invadió a más de la mitad de la concurrencia aún presente en el Centenario, se produjo como un extraño silencio, como una singular calma. No era para menos. Fue como si las dos hinchadas, antepuestas en sus pasiones toda la noche a despecho del loco vaivén con que fueron llegando los goles como hacía ya un par de semanas, quedaran unidas en una sola actitud de cuerpos desinflados, aplastados: los de Nacional, como es lógico, no podían pronunciar palabra; les pesaba el alma. Y los de Peñarol, amén del inacabable sufrimiento de los minutos finales, no podían creer lo que habían visto, y hasta ni siquiera se podían convencer de lo que estaban viviendo, de lo que estaban gozando.
No era para menos. Ya estaba muy lejos en el recuerdo aquel comienzo de Peñarol a todo trapo. Avasallante. Dominante. Con Serafín García y Adinolfi
subiendo por los dos laterales como máquinas y con Bengoechea, Pacheco y Aguilera dirigiendo un ataque que llegaba preferentemente por el costado de la retaguardia tricolor que defendía Oscar Suárez y estuvo a punto de conseguir el gol de la apertura en varias oportunidades.
Ahora, al final, ya casi nadie se acordaba que Nacional casi no pasaba la mitad de la cancha. Que le costaba pararse porque Barilko en el medio no ganaba a cara descubierta como en otras ocasiones y porque adelante Rodríguez no pesaba y Sosa esta vez, a diferencia del clásico anterior, no mostraba la misma precisión de manejo que un par de semanas antes, en la mayoría de las jugadas era anticipado y, para peor, hasta no conseguía rematar bien al arco. Ni siquiera figuraba en la memoria de nadie aquella pelota que, tras un cabezazo de De Souza, sacó Suárez "in extremis" de la raya.
Tampoco, hay que convenir, era para rememorar siquiera, todo lo que hizo Nacional para no volver a morir como una víctima de los centros del adversario, en la medida que Escames salió bien y prestamente de su arco cuando la pelota llegó por el aire hasta su área y que hasta la retaguardia expuso una atención que le permitió sacarse de encima con resultado positivo lo que en los días previos había sobrellevado como una obsesiva y pesada carga.
Si acaso, lo que sí se podía entrar a refrescar era la forma cómo Nacional, promediando la primera etapa, empezó a emparejar el trámite e incluso a enviar mensajes de su nueva predisposición atacante, que de la mano de Zalazar hasta le permitió armar incidencias como una en la que Adinolfi le cometió un claro penal a Barilko que no fue sancionado por el árbitro.
Eso ya era memorable. Porque, al fin de cuentas, formó parte de lo que pasó después; luego que Kanapkis metió un cabezazo que Serafín García también sacó de la raya y que Sosa pusiera a Nacional en ventaja con un tiro librel bajo que pasó entre la abierta barrera aurinegra poco antes del final de la primera parte. Como formó parte, también, lo que ocurrió con el inicio de la segunda etapa, cuando al minuto nomás, Zalazar cazó un centro que Tony Gómez metió desde la derecha, y sin dejar caer la pelota, de soprepique, pareció asegurar la victoria con un zapatazo infernal que clavó la pelota en un ángulo.
Con Romero en una pierna, casi perdido en la cancha, ofuscado porque Bello casi nunca impedía que las barreras tricolores se adelantaran cada vez que un futbolista aurinegro iba a ejecutar una falta pretendiendo poner el balón por arriba en el área contraria, Peñarol dio la sensación de estar a merced de una goleada, como pudo suponerse cuando Barilko entró solo y Flores le tapó el tercer tanto. Pero todavía faltaba lo que ahora, al final, unía por un instante en el silencio a las dos hinchadas. El ingreso de Zalayeta por Serafín García cuando Gregorio Pérez empezó a quemar las naves, el cambio que hace Fleitas sacando a Barilko (el volante dijo que le comentó al técnico que el juez lo había amenazado con echarlo) y poniendo a Coelho supuestamente para buscar asegurar el partido de contraataque --tal como hizo al sustituir a Tito por Carrasco en el otro clásico-- y los goles de Peñarol que empezaron a surgir como de nada: el de Zalayeta al rozar una pelota metida por Aguilera al área contraria, el de Romero tras un pase de Zalayeta y una jugada armada por Pacheco y Bengoechea por abajo y ese tercero de De Lima, gracias a flor de pase largo metido por el riverense desde su propio campo, que a esta altura ya tiene el valor de un milagro, o de una cábala. Al final, entonces,